Leche de avena, leche de almendras, mus de anacardo, frambuesas ultracongeladas, humus, copos de avena Kölln, semillas de chía, plátanos, pasta de espelta, aguacate, aguacate, aguacate. Juego a que no puedo levantar la vista. De unos treinta, varón, desgarbado, gafas sin montura, camiseta Levi’s, adivino, digo «30,72 euros», por fin levanto la vista, y cuando veo el logo de Levi’s es bastante guay, y quizá incluso el punto culminante de mi jornada hasta hoy. Sin duda es una chica joven, pero adivinar lo de la camiseta ya es muy fuerte.
Cuatro horas después, pongo en la cinta la variante Gut&Günstig de espaguetis Mirácoli, copos de avena Gut&Günstig, crema de vainilla y bourbon marca Dr. Oetker y leche entera.
—4,06 euros —dice la señora Bach, pago, meto las cosas en la mochila y corro a la estación.
Tranvía, uni, copiar ejercicios y textos. Tengo un cronograma estricto, en el que simplemente no encaja una fotocopiadora que no funciona en tres de cada cuatro casos. «Atasco de papel». Siento que la rabia se me acumula al ver esas palabras, aprieto los puños y miro fijamente ese trasto blanco y necio. Rabia destructora.
Tranvía, hacer los ejercicios, nadar, Ida. Los ejercicios no son difíciles, logro hacer todos los deberes durante el trayecto de 69 minutos desde la uni hasta la piscina. Respiro hondo el olor a cloro, tiro la mochila al banco, junto a la cesta de colores de Ursula, me saco el vestido por la cabeza, salto de cabeza al agua, me sumerjo hasta el fondo en la parte honda, me siento en el suelo y miro desde abajo lo que sucede en la piscina. Muchas piernas de niños que patalean sin coordinación alguna, unas cuantas piernas de gente mayor que patalean de manera más o menos coordinada, cuerpos de niños que se zambullen, piernas varias al borde de la piscina. En conjunto, la interacción de todos esos movimientos transmite una impresión lúdica, hasta donde puedo juzgar desde aquí abajo. Me desprendo del fondo para, como siempre, nadar mis 22 largos, y cuando llego al 20 o el 22 no estoy segura de si es el 20 o el 22, me enfado y, como castigo, nado otros cinco largos de propina.
Ursula: Antes un niño me ha saltado encima. Así, sin más.
La miro con aire interrogativo.
Ursula: Estaba nadando, totalmente normal. Relajada como siempre, en dirección al borde de la piscina, y de pronto veo a ese mocoso pelirrojo delante de mí, retrocede tres pasos, coge carrerilla y me salta encima. Así de fácil.
Yo: Brutal.
Ursula: Y podría jurar que durante todo el tiempo mantuvo contacto visual conmigo, desde antes de retroceder los tres pasos. No fue un error.
Asiento.
Yo: Quería saltar encima de ti.
Ursula: Sí.
Silencio.
Yo: Dime quién es.
Ursula asiente.
Yo: Le voy a saltar encima.
Ursula asiente.
Silencio. Con Ursula se puede guardar silencio bien. No hace preguntas idiotas. Solo habla cuando hay algo relevante que decir, como por ejemplo lo del niño que le ha saltado encima. Algunos días nos sentamos juntas en su banco sin decir ni mu. Las dos cerramos los ojos y nos dejamos secar al sol. Y para despedirnos nos saludamos con la cabeza.
Ursula: ¿Dónde está la pequeña?
Yo: Ida solo viene cuando llueve.
Ursula asiente.
Pego la espalda al banco calentado por el sol y cierro un momento los ojos. Son los primeros días realmente calurosos de este año. Junio fue un mes entreverado, más parecido a abril o mayo. Respiro hondo el aire del verano. La crema solar, el cloro, las patatas fritas y el intenso perfume de Ursula llenan mi cuerpo. Abro los ojos y miro el cielo pastel del atardecer, también a él lo respiro hondo, y me siento cálida y ligera. Echo un vistazo a la piscina. La zona de no nadadores está dominada en su mayor parte por un grupo de niños, más o menos de la edad de Ida, que se lanzan totalmente excitados a la piscina como una ametralladora. Al otro lado, dos madres que parlotean con niños pequeños en brazos, y poco antes de la zona de nadadores, separada por una cuerda, un hombre juega a la pelota con un niño y una niña. Supongo que será un padre con sus hijos. Los niños ríen felices, y me pregunto si juegan a menudo a la pelota con su padre o si se trata de algo especial, y por eso los dos están tan contentos. Unos adolescentes se sientan al borde de la zona de nadadores, y reconozco a unas cuantas chicas de mi antigua clase que toman el sol. Angelina, Lena y Jana. Levanto la mano para saludar. Angelina devuelve el saludo con una sonrisa forzada. Creo que no nos gustamos. Mi cuerpo caliente se estremece, y un escalofrío me recorre la espalda. Ivan, pienso, cuando veo a ese tipo alto, rubio platino, con bañador negro, en lo alto del poyete, y miro su rostro de mirada malvada, inconfundible, y trago saliva. El rostro estrecho, perfilado, tostado de Ivan, los ojos azul hielo, las densas cejas siempre levemente fruncidas, las arruguitas de rabia en el ceño y los labios finos, convertidos en una línea recta. Después del de Ida, el de Ivan es el segundo rostro más hermoso que conozco. Que conocía. Me siento mal. Un cordón me aprieta la garganta. Trago saliva un par de veces, intento hacer pasar el aire del verano por la angosta garganta, hacerle sitio, parpadeo y me concentro. Tiene que ser el hermano mayor de Ivan, porque no puede ser Ivan. Busco su nombre, y me pone muy furiosa no recordarlo... Mientras hurgo en busca de su nombre, trato de observar su rostro con más atención, y me cuesta trabajo, por lo lejos que está, pero es claramente distinto del de Ivan. Su mirada es aún más rabiosa y, sobre todo, más impenetrable que la de Ivan, las cejas aún están más apretadas, el surco de rabia es más profundo, y los labios forman una línea aún más recta. ¿Qué está haciendo aquí? Se supone que vive en Londres o algo por el estilo. Se pone las gafas de natación, da un elegante salto de cabeza y nada a crol. Sus brazadas rectas, rápidas, enérgicas destacan en el caos de la piscina. Cuando se aparta del borde, avanza no menos de 10 metros bajo el agua hasta que emerge, y en medio minuto como mucho alcanza el otro extremo, del que se separa volviendo a sumergirse y girando sobre sí mismo. Sigo cada uno de sus movimientos con la mirada, y pienso en su hermano pequeño, en su risa bajita y susurrante, en su voz ronca. No pierdo de vista al hermano mayor, porque tengo miedo de perderlo. Además, la verdad es que tiene un estilo precioso, que raras veces se ve por aquí.
Después del largo 22 no se sumerge, se queda al borde de la piscina, se quita las gafas, se vuelve, y su mirada encuentra la mía. Nos miramos. Entre nosotros hay 51 metros, y todo parece amortiguado. En algún momento levanta las cejas, no sé qué debo hacer, frunzo las mías y me pongo el vestido encima del bañador todavía mojado, me cuelgo la mochila al hombro, saludo a Ursula con la cabeza y me voy a casa. De camino a casa me siento como en trance, y pienso en el hermano mayor, cuyo nombre no puedo recordar. Seguro que Marlene lo sabe. Vuelve a casa este fin de semana, porque hay no sé qué fiesta. Desde mañana voy a nadar 23 largos, aunque la cifra me da un poco de miedo.
Al llegar a la Fröhlichstrasse saludo al señor Feigl, que corta el césped, y saludo con la cabeza a la joven familia de cinco miembros que se ha mudado hace un par de semanas a la casa azul celeste que hay junto a la nuestra y está haciendo una barbacoa en el jardín. La casa en la que vivimos es la única vivienda multifamiliar de la calle, y contempla esa tarde de verano con más tristeza aún que de costumbre, junto a las viviendas unifamiliares delante de las cuales se corta el césped y se hacen barbacoas alegremente. Como siempre, escaneo la ventana de nuestra casa. Los cristales de nuestra cocina están empañados. Mamá ha estado cocinando. Me apresuro a cerrar la puerta de la calle, entro en el silencioso y fresco zaguán y abro la puerta 1, ante la que hay una esterilla con el letrero «Welcome», aunque en realidad aquí nadie es bienvenido. Huelo a curri y a quemado, pollo al curri, aventuro, entro a la cocina y me envuelve el vapor caliente. Ida ya ha apagado el fogón. Encima hay dos cacerolas, una con arroz quemado y otra con una masa de curri carbonizada e indefinible. Abro las ventanas, aliviada porque la alarma de incendios aún no ha saltado. Habría sido embarazoso, otra vez. En la encimera, un cuenco de nata volcado, harina, todas las especias que tenemos. Hay un cajón abierto, y su contenido está en el suelo. Pasta dispersa, cereales, harina para empanar, copos de avena y un vaso de vino vacío. Ha estado buscando algo. Probablemente, después de una búsqueda infructuosa haya puesto fin, enfurecida, a su sesión de cocina. Que el pollo yazca solo fuera de su envoltorio en la mesa vacía resulta más bien escalofriante. Lo meto en el congelador y abro la puerta del salón, donde la cocinera está tumbada en el sofá. Los cabellos castaños le cuelgan sobre la cara, tiene la boca ligeramente abierta. El vestido blanco de verano, manchado, recuerda el peto de una niña pequeña. Una niña pequeña bebedora de vino. A mamá le gusta ponerse vestidos para cocinar, porque la mayoría de las veces, cuando decide cocinar, está bien. No lograré sacar las manchas de curri y vino tinto, esa parte tendrá que ir a la basura. Le regalé ese vestido color carne, de punto con imitación de encaje, el año pasado por su cumpleaños, aunque de todas maneras le queda demasiado grande. Le aparto el pelo de su pálido rostro y le pongo un cojín debajo de la cabeza, le digo «idiota», pero no lo oye, por supuesto, porque duerme profundamente, salgo del salón y llamo a la puerta de Ida, dos veces rápido, pausa corta, tres veces despacio, y abro. Ida está pintando. Como siempre.
—Mamá ha vuelto a cocinar —dice en voz baja, sin levantar la vista de su dibujo.
Yo: Lo sé, ¿has comido algo?
Ida niega con la cabeza.
Yo: ¿Qué te parece si hago espaguetis Mirácoli?
Ida: ¿Mirácoli o Gut&Günstig?
—Mirácoli —miento.
Recojo el campo de batalla esparcido por la cocina, preparo los espaguetis, llamo a Ida, comemos; hoy Ida no quiere hablar; nos lavamos los dientes, la llevo a su cuarto, se acuesta y me siento al borde de la cama.
Yo: Mañana va a llover.
Ida: Ya lo sé.
Yo: ¿Piscina?
Ida: Sí.
Yo: Bien. Entonces duerme bien. Te quiero.
Mientras cierra la puerta la oigo decir en voz baja:
—Y yo a ti.
Por fin estoy tumbada en mi colchón, en camiseta, con la colcha arrugada a los pies de la cama, y dejo que la fresca brisa de la noche de verano caiga sobre mí. Estoy agotada, siento un pesado cansancio en cada fibra de mi cuerpo, y me quedaría dormida en cuanto cerrara los ojos. Pero quiero retrasar ese instante todo lo que pueda, porque estos son los mejores momentos del día, y no quiero perdérmelos. Estos momentos que me pertenecen tan solo a mí, en los que no tengo que hacer nada, no tengo que pensar en nada, en los que simplemente puedo tumbarme y dejar que la fresca brisa de la noche de verano caiga sobre mí por la ventana abierta de par en par. Mis ojos se dirigen a la ventana, veo los contornos de los abetos detrás de nuestra casa. Me concentro en los ruidos y susurros, oigo el canto de los grillos, de vez en cuando un coche, el maullido de un gato, nada más. Huelo a noche de verano, césped, flores.
Cuando, por la noche, estoy tumbada en mi colchón y el viento o esa brisa nocturna de verano me acarician a través de la ventana abierta, por un instante todo parece estar bien. Me siento ligera. Cuando, por las noches, me tumbo en mi colchón, pienso que aún puedo soportar mucho tiempo todo lo de ahí fuera. Mientras, por las noches, el viento caiga sobre mí, puedo lanzarme a la guerra de ahí fuera durante el día. Contra mi madre, contra sus manías, contra esta pequeña ciudad. Y por Ida.
La lluvia fustiga la ventana del aula, y quiero salir.
En la pizarra, el señor Grund calcula una tarea de la última hoja de ejercicios, y Anna me pone nerviosa con preguntas innecesarias, porque intenta copiar mis soluciones de la nueva hoja de ejercicios y no puede leer mi letra. No va a aprobar el examen. Me resulta un enigma cómo ha logrado entrar en el módulo de especialización y llegar al trabajo de fin de máster. No es que hayamos estudiado algo así como Germanística o Historia del arte.
Anna: Tilda, ¿puedes enviarme tus respuestas por mail? Se tarda una eternidad en copiarlas.
Yo: No he tecleado las soluciones.
Anna: Pero tienes que haberlas subido a Moodle.
No. Prefiero pensar y calcular con lápiz y papel, incluso la bibliografía me la suelo imprimir, o saco prestados los libros. No puedo pensar en el ordenador. Mi trabajo de fin de grado lo escribí en el cuaderno y lo revisé y luego lo tecleé, en un último y tortuoso paso. Al ser una de las pocas, si no la única, a las que se les permite entregar en papel las soluciones de los ejercicios en todos los grupos de prácticas, siempre tengo que preparar las entregas con un exceso de puntualidad y procurando tener cero errores. No me voy a sentar hoy al ordenador por la pereza de Anna, y ya no digamos ir a una fotocopiadora a escanear mis respuestas. Ella no afloja y me sigue cuando salimos del seminario y me abro paso hacia la salida por entre los otros estudiantes.
Anna: ¿Y no me dejas fotocopiarlas? Podemos ir un momento a la biblioteca. Te invito a un café.
Yo: Cópialas aquí.
Anna: Fíjate en la cola. Solo funciona una de las fotocopiadoras. Algún psicópata ha echado agua en la otra.
Yo: ¿En serio? Lo siento, pero tengo que irme. Llévate las hojas, o haz una foto.
Anna: Entonces me las llevo. Prefiero un DIN A4 a una foto.
Anna suele decir cosas así de idiotas.
Yo: Haz una foto. Quiero entregarlas mañana.
Anna resopla, se detiene, fotografía mis respuestas, aunque prefiere un DIN A4 a una foto.
Anna: ¿Vienes esta tarde al Science-Slam?
Yo: No, ya tengo planes, lo siento.
Anna: ¿Qué planes?
Yo: Voy a la piscina.
Anna señala la cristalera de la entrada del edificio.
Anna: ¿Lloviendo a cántaros?
Yo: Aun así, se puede nadar.
Anna: Eres rara de verdad, Tilda.
Yo me encojo de hombros, me despido y corro a la parada. El tranvía va lleno a reventar a causa de la lluvia, y me toca ir de pie. Odio ir de pie en el tranvía, porque no puedo aprovechar el tiempo, es difícil leer y calcular. Hoy ni siquiera lo intento, simplemente me quedo allí de pie, miro por las ventanillas cómo llueve y pierdo el tiempo. Veo la ciudad con cafés, restaurantes y tiendas, los balcones con sillas de colores y plantas, y me pregunto, como tantas veces, cómo serán por dentro los edificios antiguos y quién vivirá en ellos. El tranvía se vacía poco a poco, me siento, saco del bolso el libro Brownian Motion and Stochastic Calculus de Karatzas y Schreve, me lo pongo en el regazo y sigo mirando por la ventanilla. Veo cómo la ciudad se convierte en suburbio, cómo empiezan a escasear las tiendas, restaurantes y cafés y las viviendas multifamiliares se convierten en impresionantes casas unifamiliares con jardines vallados. Veo cómo las afueras se convierten en pueblos, los chalets en tristes filas de casas grises y grandes edificios. Y luego veo campos. Muchos campos que pasan por delante de la ventanilla. Durante la mayor parte del trayecto veo campos, y entre ellos pequeñas ciudades, siempre con el mismo aspecto, hasta que veo al fin mi pequeña ciudad, que tiene el mismo aspecto que las pequeñas ciudades que la han precedido, y me bajo.
Me apresuro a comprar verduras para sopa y fideos al marisco para la sopa de pollo en el supermercado Edeka, recorro la Fröhlichstrasse, que con la lluvia no parece tan alegre como bajo la luz del sol. Cuando abro la puerta de mi casa, una Ida aún más alegre está sentada en el zapatero, con sus leggins favoritos de color rosa con delfines azules estampados, con mi camiseta roja, que le queda grandísima, y las Chucks blancas de pega que le he comprado hace poco en Deichmann, con su mochila de Snoopy y el paraguas en el regazo. Adoro su forma de vestir, sobre todo porque en realidad es una niña muy tímida. Cuando voy con ella en autobús o en tranvía, o cuando estamos en la piscina, apenas habla conmigo y, si me habla, lo hace casi en
